Se preguntarán que hago yo aquí, subido a la azotea de un edificio de cuarenta y siete plantas, dispuesto a saltar en cuanto se tercie una ocasión. A decir verdad si les contara mi historia desde el principio huirían despavoridos en la segunda línea. Además, no estamos aquí para mirar hacia atrás sino hacia abajo, a la acera gris donde en el momento menos pensado se esparcirán mis restos.
A Lo que íbamos. Estoy aquí arriba intentando escapar de las cosas que veo y me obligan a escribir sobre ellas retrasando mi triple salto mortal (graciosa ironía) un poquito más.
Son las digresiones que me hacen escapar constantemente del fin de este blog.
Por cierto, me pueden llamar Holden.

Hola Holden.
Estoy cuarenta y siete pisos más abajo. Si te asomas podrás verme como una pequeña hormiguita. Tan sólo quería pedirte una cosa: agárrate fuerte a lo que más quieras de este mundo. No saltes. Aguanta. Estoy seguro de que tu historia puede tener (tendrá) un final feliz, por muy pavorosa que sea.
Otra cosa: no mires hacia atrás, si no quieres. Pero tampoco mires hacia abajo, no desvíes tus ojos hacia el final fácil. Más bien mira hacia delante y hacia arriba: disfruta de la vista a 47 pisos de altura y empápate de un horizonte repleto de posibilidades.
Por último: si necesitas cualquier tipo de alimento, ropa o abrigo, pídelo. Si lo que quieres son unas palabras de aliento que funcionen como alternativa a escapar de esas cosas que ves, no dudes y pídelas.
Espero que aguantes mucho tiempo encima de esa azotea, divisando el mundo desde lo más alto.
Un saludo y mucho ánimo con tus disgresiones.