Esta noche he tenido un sueño rarísimo. No oía nada. Puedes pensar vale y qué. Vale y qué, vale y qué… a ver si tu no sufrirías como yo esta noche. Por primera vez he agradecido el despertador a las siete en punto de la mañana. No oír no sólo significa ahorrarte la molestia de tener que aguantar el tráfico de cada mañana en Madrid, significa perderse muchas cosas.
A mi lado, en el autobús que cogía en sueños, flotaban conversaciones interesantísimas que no podía escuchar, no había pajarillos en la plaza de Chamberí, no sonaban cascabeles al entrar en la panadería, en el madrileño bar de mi madrileño y sordo sueño no he podido oír la campanilla de las propinas, la próxima vez me la ahorro. Tampoco las campanas de la Milagrosa dando las en punto. Tampoco mi portero me ha dado los buenos días, o por o menos yo no le he oído.
No oía el móvil y he perdido una oferta de trabajo estupenda y la oportunidad de escuchar el tono-politono nuevo que le he puesto antes de irme a dormir. En la Puerta del Sol no se oía bullicio ni gente vendiendo oro, plata y hojalata, ni gente pregonando que el gobierno miente o que alguien le ha robado una idea y se ha hecho rico a su costa. Estos últimos al menos llevaban pancartas para que los sordos nos enteráramos de sus quejas.
En la Castellana no se oía correr el agua de las fuentes, ni a los niños jugando a la vista de sus madres. El viento de Madrid era mudo para mi y yo era sordo para el viento, pero a él le daba igual y seguía corriendo. No oía al afilador, no oía el acordeón desafinado en apariencia de la plaza Mayor, ni al vendedor de cupones que gritaba mudo apoyado en la puerta de un mercado que era silencioso para mi.
No oía nada, no podía oír ni el ansiado Si que espero desde hace más de cien días y que no llega y si ha llegado mientras soñaba no lo he notado y más me hubiera valido haber seguido sin dormir otros cien días más.
Y mientras tanto sigo completamente sordo en mi azotea.


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