Y de repente, realidad.
Hay un momento en la vida que llega sin avisar. Pasas de vivir en un cuento a las novelas juveniles sin saber ni siquiera porqué. Este tipo de libros ya no tienen siempre las tapas duras y las ilustraciones no están pintadas con acuarela. Si llega a haber dibujos, son en grises, que no es lo mismo que en blanco y negro por cierto.
De repente la trama se complica, ya no pasea uno por un mundo de fantasía onírica. Ya no hay animales que hablan y sonrisas que lo dicen todo. Lo que hay es vida, aunque a veces no nos guste como es. Pero hay una cosa que no cambia y es que hay amigos de verdad, para siempre y que están presentes en cada página ya sea en el peor capítulo o en el mejor.
En las novelas juveniles el lector, como en los cuentos, también se mete desde el principio para vivirla, que no leerla. Hasta la portada, esa foto de dos hermanos abrazándose querrías que se hiciera real y casi lo hace aunque la historia se desarrolle a miles de kilómetros de donde estás leyendo.
Las novelas juveniles son una vida que podemos vivir con los personajes porque nos da la gana y porque a veces, quieres al protagonista como a tu mejor amigo, como a tu hermano.
Y mientras tanto, aquí estoy viviendo una vida, en mi azotea.

Y de repente, realidad (se puede oir el golpe seco).
Vivirla, que no leerla, porque lo que hay es vida, no literatura.
Y qué importante es la portada…
desearia enamorarme