Los grandes proyectos tienen muchas formas de acabar. Yo sé de uno que acaba hoy y que vamos a dar por supuesto que acaba bien, yo por lo menos me creo que así vaya a ser. Además de un proyecto parece que con el se acaba una etapa que aunque corta, para mi al menos, ha sido grande en muchos sentidos, feliz en muchos momentos y con algo de tristeza para darle gracia al asunto. Habrá que quedarse con todo ya que el hombre pequeño con cuello de muñeco de la infancia no se conforma como saben algunos. Y ahora a esperar que haya una segunda parte aún por jugar.
Y mientras tanto yo aquí sigo, como sea, en mi azotea.
Pongo tal cual en la azotea un artículo que me ha mandado mi hermana Pilar. Lo firmó Mariló Montero el 21 de marzo en El Diario de Sevilla y me parece muy muy bueno:
Me gustaría saber la identidad de los nueve expertos en los que la ministra Bibiana Aído se escuda para defender que una niña de dieciséis años puede abortar sin consultar con sus padres. Me gustaría saber de qué son expertos y si son padres y madres. Me gustaría saber en qué se fundamentan para decir que dejar tan dramática decisión en manos de una adolescente aterrada es lo mejor para ella. Me gustaría saber si se han parado a pensar que esa criatura, tras mantener una relación sexual precipitada, va a empezar a sufrir lo que la literatura científica ya ha diagnosticado ante un aborto.
El síndrome de aborto reúne quince síntomas psicológicos que van desde la angustia al sentimiento de culpabilidad, la ansiedad, los terrores nocturnos, la depresión, los trastornos de alimentación o de la vida sexual. Síntomas que pueden llegar a aparecer, dicen los psicólogos de la Asociación de Víctimas del Aborto, incluso años después de haber abortado. Me gustaría saber con qué valor lanza la joven ministra Aído, con una sonrisa, como quien anuncia un anticonceptivo novedoso, que una niña de dieciséis años está tan capacitada para abortar como para casarse. Una niña de dieciséis años no está capacitada para abortar ni para casarse, por mucho que se esté normalizando lo que son parches en la vida.
Una cosa es que lo haga y otra bien distinta la sacudida que la vida le da a una adolescente casada, quien sale adelante gracias a los apoyos de la familia. Me gustaría saber quién le va a informar a una adolescente de dieciséis años de que si se queda preñada puede abortar sin decírselo a los padres y también en quién se va a apoyar ante semejante circunstancia. ¿En la mamá-administración, o en su mejor amiga, con la que intercambia los vaqueros e inventa en su habitación coreografías de Beyoncé? Me gustaría saber si esos expertos conocen lo que es ser padres y las complicaciones a las que nos enfrentamos para conquistar la confianza de nuestros hijos en la difícil adolescencia.
Me gustaría saber el protocolo de actuación que se llevará a cabo cuando una niña de dieciséis años acuda al centro para abortar y cómo será tratada. Me gustaría saber qué pretenden con esta propuesta de ley, que autoriza a que se rompa la confianza entre hijos y padres. Y me gustaría saber qué se pretende de los padres el día que nuestra hija decidiera abortar en soledad. ¿La recibimos con un aplauso? ¿Le damos sopa caliente? ¿Le preguntamos si llegó a ponerle nombre? ¿O quién habría sido el padre? ¿Debemos obviar el tema, o celebrarlo con una barbacoa? ¿Trae esas instrucciones la nueva reforma de la ley del aborto? Una cuestión más: ¿meterán en la cárcel a una madre que le discuta esa decisión a su hija adolescente? O es la ley del “no se lo digas a mamá porque no la necesitas”.
Señorita Aído, me gustaría saber si mi hija ha abortado sola. Porque soy su madre.
Y mientras tanto aquí sigo, porque mi madre no abortó, en mi azotea
Tengo un hermano que es increible. Por eso he vuelto a este siglo y por eso estoy aquí arriba otra vez enchufado. Dispuesto a seguir escribiendo y a empacharme de tortilla de patatas.
Y mientras tanto yo aquí seguiré, como siempre en mi azotea.
En esta azotea gustan muchas cosas, pero quizá entre las que más me gustan están las películas y los cuentos. Hoy he visto una película que era un cuento, o sea que todavía con el coleo del gol de Iniesta y con una tortilla de patatas antes de un error fatal, estoy más bien contento.
La película en cuestión es The Fall, y el director es Tarsem, el tipo que se hizo dudosamente famoso con La Celda. Nada más empezar, ¡zas en toda la boca!: presentan la película David Fincher y Spike Jonze, casi nada y para seguir con el aperitivo unos títulos de crédito buenos de verdad. Tardó cuatro años en acabarla, ya que toda la parte fantástica de la historia se desarrolla a lo largo y ancho del mundo.
Once upon a time in Los Ángeles, hay una niña hospitalizada, se ha caido y tiene un brazo en cabestrillo y una caja con cosas que le gustan. Hay en el mismo hospital un joven que no puede moverse de su cama porque también se ha caido y comparte habitación con un anciano que guarda su fuerza en la dentadura y un hombre que se pasa el día de mal humor.
El joven empieza un cuento para la niña, un cuento de venganza y amor. De bandidos y aventureros en el que el protagonista es un heroe enmascarado al que acompañan un ex-esclavo, un indio que cuando se preocupa se acaricia una ceja, un experto en explosivos y un joven Charles Darwing. Todos se dirigen al palacio del Gobernador Odious.
Es una historia del bien contra el mal, del optimismo contra el pesimismo, y la lucha de los dos protagonistas por acabar la historia a su manera, uno la del que ya no espera nada de la vida y otra la que quiere a los demás y es capaz de perdonar.
Esta película es de esas que en España sólo se proyecta un fin de semana y casi hay que pedir perdon si vas al cine a verla. Yo no pude ir, pero me gustó lo que vi y lo que leí sobre ella. Total que ahora que por fin la he podido ver me he llevado una sorpresa bastante agradable. La niña protagonista es muy buena, visualmente la película es alucinante, en sus localizaciones, en los diseños de vestuario, en la fotografía… Además ahora que me ha dado por la arquitectura y aquí se puede disfrutar y mucho de ella.
Sólo una cosa más, en inglés merece mucho más la pena por los distintos acentos que va cambiando el joven y por el inglés recién aprendido por la niña que es rumana. No es que me haya quedado muy allá el post, pero de verdad que es buena.
Y yo mientras tanto, aquí sigo, como siempre en mi azotea.
Me he acordado tanto de mi hermano mayor gritando en la final de Wembley, de Pol, Lobo y Fer en los penaltis contra Italia, de Rafa catando el himno de España en la final contra Alemania…
Viernes veinticuatro de abril y hace un parto que no veía a Jesús. Llegar a Chinatown, taxi amarillo de los que le gustan a Isabeluti y fiesta española a la que se unen Manel y Marta que acaba con fandanguitos a capela y Sinatra coreado por doscientas personas. El sábado toca levantarse pronto, Vitamin water entre pecho y espalda y a patearse Manhattan teniendo en cuenta la obligación de posar con los brazos en jarra en las fotos.
Yo no había visto nada igual, y que gusto sentirse como Holden Caulfield paseando por el Upper West Side, pero llegas al Dakota para ver si alguien se parece a Mark David Chapman. Hay una cabina cerca de Columbus Circle en la que Zeus Carver coge una llamada de Simon Gruber.
Todo son películas, todo son fotos que ya has visto pero no te imaginas. Caminar es un gustazo por La Isla. De repente ves un toro y te das cuenta de que estás en el edificio que mueve el mundo. Paseo en barco hacia Staten Island y 26 comentarios a una contempopfoto que me hacen no parar de reir.
Noche de Times Square, noche de colores y de carteles de Budweiser. Pasar por el Studio 54 de camino a casa, cambiarse mientras llega la pizza. Somos Vips en NY o eso dicen nuestras pulseras en la mansión. El domingo es otra historia, la que se cuenta desde lo alto del Empire State, desde las oficinas del BBVA, desde el Rockefeller Center, St Patricks y la Quinta. Tarde de Soho y Chinatown porque vuelvo a Boston.
De nuevo viernes y hay que celebrar viajes a la India, porque total, está a un tiro de piedra de mi azotea. Esta vez a casa de Marta y Manel que me reciben a golpe de tortilla de patata y chorizo sacado de una bolsa de Sfera. Dormir bien que por la mañana toca el Metropolitan. No nos da tiempo a verlo porque tenemos que ir a Queens. Casa Galicia nos espera.
Cruzar su puerta es sentirse de nuevo en casa. Empieza el partido y estoy flipando. Menudo espectáculo de equipo es el Barça y que gusto da verle jugar con cerveza de la tierra, jamón, calamares, pulpo y queso manchego. Esto es vida. No puedo evitar poner el video del mayor espectáculo futbolístico de lo que va de año:
Tarde de F.A.O., playmobils y Central Park. Yo quiero un parque como ese en mi vida. Que gustazo los conciertos en cada rincon, el lago, las plazas, la esplanada, es un lujo de parque.
De noche a probar otro ambientes de Manhattan. Primero bar de cócteles en East Village, de ahí a taberna americana con billar y cerrar la noche en el penthouse (el ático, malpensado) del 230 de la quinta con el Empire State de testigo.
El domingo hay que volverse pronto pero nos veremos las caras de nuevo en junio que en España hay gente que se merece regalos de los estates y el Moma merece una visita.
Y mientras tanto, yo aquí he vuelto, a mi Boston roof.
El Sello
Agotamiento neurótico con predisposición a molestar
No te cortes. Habla