Archivos para la Categoría 'Cuentos'

Segundo ejemplar

Fue a la librería y se sentó en el sillón azul frente a su libro. Dos ejemplares se editaron. Estuvieron juntos hasta hace unos días. Alguien compro uno en un momento de distracción. Catorce euros, bolsa pequeña y adiós. Volvería a por el segundo y él estaría ahí para verlo.

Lo vio ayer. Entró y lo cogió. Catorce euros, bolsa pequeña y adiós. Se levantó del sillón y corrió tras el libro y el comprador.

-¿Es la primera vez que lo compra?

-No, la segunda. Me gustó la primera vez.

Sonrió por dentro. Sonrió por fuera.

-Le invito a compartirlo. Venga.

Fueron. Se sentó en cuanto se le ofreció la posibilidad.

-3 minutos y vuelvo.

Pasaron cuatro y volvió. Caminaba detrás de una fuente humeante en la que reposaba su libro con guarnición de verduras.

Lo regaron con vino de la tierra.

Y mientras tanto aquí sigo como siempre en mi azotea.

La playa

Tres días para la arena y el mar. Para una playa que ya no tendrá fuegos artificiales, que ya no tendrá tres kilómetros de sonrisa por la mañana y por la noche. No tendrá toallas prestadas, ni alegrías por noticias que esperas.

Tres días para  sol y alcohol en tapones recordando para sonreir. Andando para buscar lo que ya no se encuentra, para no destruir jamas lo que tuve.

Tres días que, dicen, recordaremos. Ya veremos.

Y mientras tanto, contando cuentos, desde mi azotea.

Sombra de un nuevo mundo

Vivía agazapada en su cueva, pegada unas veces a la pared otras al suelo, esperando a que volviera el amo para pegarse a sus pies, para volver a ser lo que era. Sabía que tarde o temprano tendría que regresar por un camino o por otro. Mientras como sombra que era no podía hacer mucho, solo observar ese nuevo mundo que tan poco le gustaba y que en muy poco se parecía al que siempre había conocido.

En la obra de teatro era la sombra la que escapaba del amo hasta un cajón de la cómoda, pero en esta historia era al revés. La sombra dedicaba los días a mirar de refilón las estrellas. A lo lejos, siempre estaba el gran navío que el capitán llevaba con mano firme y segura mientras miraba sonriente a su tripulación. Una de las cosas que le aliviaba cada despertar a la sombra era que a la puerta de la cueva siguiera el árbol pintado de tiza. Era una alegría que a veces se tornaba en agobio por pensar que quizá al día siguiente no estuviera donde siempre había estado.

La sombra necesitaba cada día más al amo, que seguía a las puertas de un reino cerrado para siempre donde los insectos vestían de superhéroes y los golpes eran conocidos pero certeros y dolorosos. La sombra no entendía que aún siguiera allí. Había dolores de tripa, caprichos y días rojos. Para el amo debía ser perfecto un sitio así cuando todavía no se había dado cuenta de que su sombra no estaba. Efectivamente lo era.

Seguía en la cueva frente a la playa de fuegos artificiales constantes que a duras penas podía ya ver. Seguía en la cueva con billetes caducados de un viaje a lo más remoto de la India en un tren que se pierde. Seguía queriendo cruzar el universo y que a nadie le dolieran los ojos. Aunque era sombra recordaba como si fuera ayer el sabor de las ensaladas. Ensaladas para chicas del restaurante de las películas, los libros y el actor de imprvisación.

Las canciones de fondo temblaban en sus ojos de sombra y los sueños de antaño se diluían poco a poco encerrados en una caja naranja. La vida era fría en la cueva. Pasaba gente envidiada, gente que hablaba sin escuchar. En la pared faltaba una camiseta de cartón que había volado como todo. Hacia dentro.

Vivía con miedo por ser todos los días viernes y ningún viernes fin de semana. El domingo estaba muy lejos, tanto que agobiaba tener que esperar hasta ese día al amo. Sabía que no podía ser así. Sabía que se abrirían de nuevo las puertas del reino, que vendría a buscarla, que la cosería a sus   zapatos para siempre y que seguiría escribiendo todo lo que ya sabía antes de que existiera esta historia.

Contar esto a alguien era no contárselo a nadie. Quién iba a creer a una sombra sin rostro y sin peso, pero todo eso daba igual porque lo que era será.

Y mientras tanto, aquí sigo,contando cuentos, en mi azotea.

La Película

El guionista miraba la película con ansia, nervioso. Le molestaba el hombre que, a su izquierda, comía palomitas. –Así no se puede apreciar una película.  –Murmuraba. –Así no se puede apreciar mi película. Era ya la tercera vez seguida que se sentaba en la misma sala para ver su película. No dejaba de pensar en ella, y las tres veces se enfadó en la escena en la que el director decidió que era mejor un plano contrapicado del protagonista en vez del travelling desde el jardín de la casa que él había escrito.

Como las veces anteriores se empezó a tensar a falta de unos pocos minutos para llegara el final de la cinta. Eran las páginas que más le había costado escribir y también las que más le gustaban.

El protagonista andaba pesadamente por las calles de la ciudad con las manos guardadas en los bolsillos de la gabardina gastada y el cuello levantado que le tapaba media cara. Parecía no importarle en absoluto la lluvia que esa noche caía sobre él.

Debajo del cartel luminoso de un bar irlandés se paró para encenderse uno de sus cigarrillos sin filtro. El primero se le empapó antes de que consiguiera encenderlo, lo tiró con desgana y se refugió un poco más en la gabardina, dando la espalda a la cámara. En cuanto las primeras volutas de humo asomaron por encima de su cabeza, siguió su camino hacia ninguna parte.

En el siguiente plano, la cámara se situaba a su espalda. Al fondo parecía entreverse una puerta que no tenía nada de singular pero se intuía que era el destino del hombre.
Al llegar a la puerta todo sucedía muy rápido, no parecía una escena de Hollywood. Giró el pomo de la puerta y abrió. La luz blanca que salía del interior en menos de tres segundos ya cubría la pantalla entera. La música subía y se aceleraba. Comenzaban los títulos de crédito.

El hombre de su izquierda ya no comía palomitas, miraba a la pantalla como si no pudiera despegar los ojos. El guionista se sonreía ya relajado. Algo había cambiado en la vida del protagonista que los espectadores no adivinaban, y, esta vez también en la del guionista.

Por primera vez no se quedo hasta el final de las letras que seguían subiendo por la pantalla a esperar la escena epílogo. Era el momento de empezar un nuevo guión. Un nuevo guión mejor que este.

Y mientras tanto, aquí sigo, como siempre, en mi azotea.

Formas de decir las cosas

Hay mil maneras de decir las cosas, las hay normales, buenas, malas regulares, incalificables y veces en las que es mejor callarse para evitar decir tonterías. Yo alguna vez he dicho muchas y muy seguidas.

Por eso a veces es bueno pararse, quedarse un rato a pensar solo, y yo lo tengo fácil en mi azotea y plantearse decir cosas buenas y bonitas, y como es navidad, aprovechar y decir la verdad. Espero que cuarenta y siete plantas más abajo le den al play.

Y mientras tanto, en navidad tambien, sigo en mi azotea.

No hay nada

Hay cosas que son verdad. Hay cosas que son futuro. Hay cosas que crecen. Hay cosas que se entienden. Hay cosas que gustan. Hay cosas a las que aspirar. Hay cosas que esperar. Hay cosas que soñar. Hay cosas que salen.

Hay cosas que son mentira. Hay cosas que son pasado. Hay cosas que se estancan. Hay cosas inexplicables. Hay cosas odiosas. Hay cosas utópicas. Hay cosas que son imposibles. Hay cosas que no dejan dormir. Hay cosas que no tienen salida. Hay cosas que no existen.

No hay nada, no hay nadie. Sólo estoy yo, y yo casi no quedo.

Y mientras tanto, aquí sigo, en mi azotea.

Una copa de Brugal

El bar hasta arriba, los camareros no dan para más y la música puesta ha todo volumen. Lástima que no sepa ni el nombre ni la calle en la que está. Todo el mundo fuma, la mayoría bebe o come cacahuetes rancios. El resto cuentan cosas que nadie escucha. Quizá sea yo, quizá sea un borde o ese gilipollas que piensas. Quizá.

Estoy sentado en la barra observando como se derriten los hielos del Brugal a palo seco en vaso de tubo y servido con prisas que he pedido. Tengo la cabeza apoyada en las manos que aún siguen congeladas después de haber deambulado horas, tal vez minutos entre la asquerosa niebla de Madrid. Me duele la espalda y estoy solo. Parece que ambas cosas se van a convertir en una constante en mi vida.

¿En qué pienso? Te da igual a ti y me da igual a mi pero creo que en nada. A estas alturas importa poco lo que piense. Es duro, de echo es una mierda pero así funciona esto, un día te levantas con suerte pero te acuestas sin ella. Eso me ha pasado. Le doy otro tiento a la copa y sigo.

Es curioso, cuando eres feliz no te importa nada porque eres feliz y cuando estas triste te importa demasiado ser feliz y te acuerdas muy bien de porqué lo eras, no se puede ser nada en esta vida, no se puede ser y punto. Yo he decidido no ser, a lo mejor arreglo algo, aunque no creo, no tendré esa suerte, ya no.

Hoy se ha hundido todo, he perdido lo que quería, lo que tenía, lo que necesitaba. He perdido lo que hacía más fácil cada paso que daba. Mañana no será otro día, será el mismo, la tortura de siempre en un día interminable mientras a mi copa ya no le quedan hielos que mirar ni a mí ganas de beber. Una pena, cuesta una pasta. A lo mejor pido otro, todo puede ser, eso es lo que dicen los que saben lo que estoy pasando aunque no sé si me han escuchado. Dicen que si mientras hablan de tranquilidad de mirar hacia delante de mañana, de pasado, de la juventud, del tiempo, pero no hay tiempo para eso, sólo hay tiempo para tres letras que no puedo pronunciar, se me han quedado dentro. Mientras, el Brugal sigue mirándome desde el posavasos de cartón.

Dame la mano para cruzar

Yo de mayor quiero ser saltimbanqui. Hoy mi mamá me ha explicado lo que son y me han gustado, Hoy he visto un montón en los pasos de cebra de Madrid y cada uno era diferente al siguiente. Había uno que daba vueltas con una bicicleta de una sola rueda, otro tenía unas piernas tan largas que casi tocaba el cielo. He visto a uno que jugaba con unos bolos de colores, otros que tenían la nariz roja y se pasaban una pelota como hago yo en el cole con mis amigos. La única diferencia es que ha ellos no se les caía.

Hoy me he levantado pronto, casi tanto como papá, que después de desayunar y darme un beso de los que suenan se ha ido a trabajar con su chaqueta, su corbata y su maletín negro. Por la tarde volverá y jugará conmigo a las construcciones. Mi papá es el mejor, por eso de mayor quiero ser como él, fumar en pipa y llevar trajes elegantes. Mamá me ha prometido que esta mañana daríamos un paseo largo, así que me he vestido rápido y me he puesto mis playeras, las que tienen cintas de que se pegan y suenan mucho al quitarlas en vez de cordones.

 A las diez y pico mamá y yo hemos salido a la calle y como siempre ahí seguía la estatua de Colón con el dedo en alto y la bandera gigante de España. Mamá me ha dicho que hoy íbamos a pasear por la Castellana, que es la calle que casi siempre veo desde el coche de mis papás. Es gigante y siempre está llena de coches de todos los colores y de gente que pasea corre o está sentada en los bancos de los lados. Me gusta la Castellana porque por donde no pasan los coches está lleno de árboles, flores y césped y como es muy, muy ancha, se puede pasear sin que la gente.se choque contigo que es una cosa que no me gusta nada porque a veces me hacen daño.

Lo que más me ha gustado del paseo de hoy han sido los pasos de cebra, que ya me gustaban antes porque podía jugar con papá y mamá a pisar solo las rayas blancas. Muchas veces lo conseguía sobre todo cuando voy de la mano de papá, que como es súper fuerte me levanta en el aire con una mano para que salte mucho más. Cuando cumpla ocho años, que ya queda poco, yo creo que lo conseguiré sin ayuda, porque bebo mucha leche y seré mucho más mayor que ahora.

paso de cebra

El primer paso de cebra que hemos cruzado mamá y yo era pequeñito y pasaban muchísimos autobuses. Los había rojos y azules, y el que más me ha gustado era uno que tenía como un gusano en medio y era el más largo de todos. Detrás ponía el número veintisiete, que son los años que cumplió mi tío Fernando, el hermano de mi mamá y también las velas que sopló en la tarta de frambuesa que comimos de postre ayer cuando lo celebramos en casa de los abuelos. Le he preguntado a Mamá si podíamos coger ese autobús raro y me ha prometido que lo cogeríamos a la vuelta del paseo.

Los autobuses me gustan porque llevan muchísima gente y se ve todo muy alto cuando vas en ellos, además los conductores son muy majos y siempre hablan conmigo cuando mamá me deja sentarme delante de todo y ver como conduce el señor con ese volante tan grande y todos los botones y pantallas que lleva, por eso yo de mayor quiero ser autobusero.

El paseo me ha gustado mucho, pero también me he cansado más que cuando me toca gimnasia y al final me he quedado dormido en el autobús de gusano volviendo a casa para comer. Hemos visto la Castellana casi entera, he visto muchos palacios y casa grandes, edificios muy bonitos y altos con carteles de luces y al fondo siempre se veían unas torres que me han gustado porque parecía que se iban a caer. Detrás de ellas había cuatro torres que eran las más altas que he visto en mi vida, y eso que no estaban terminadas.

De los edificios que hemos visto de cerca, los que más me han gustado han sido una pirámide de cristal y sin pico como las del libro que tengo sobre los faraones y un edificio blanco que mamá me ha dicho que se llama la Torre Picasso, que fue un pintor muy importante. Cuando he vuelto a casa le he buscado en la enciclopedia con Papá y me ha gustado porque pintaba parecido a mi. Era calvo y tenía muchas arrugas. También hemos visto fuentes y estatuas puestas en medio d la calle y que los coches rodeaban para pasar, hemos pasado por debajo de dos puentes y hemos estado un rato viendo una mano grande y gorda que saludaba a toda la gente que paseaba.

Durante todo el camino, en lo que más me he fijado ha sido en la gente de los pasos de cebra. Los saltimbanquis eran los mejores, con sus trajes de colores y sus caras pintadas de fiesta, sonreían muchísimo y uno me ha sacado una pelota de la oreja, mamá me ha dado unas monedas para que se las diera mientras esperábamos para cruzar y le he preguntado porque hacía juegos a los conductores de los coches cuando el señor del semáforo estaba en verde, me ha dicho “este es mi trabajo, me gusta y es lo que se hacer, además así la gente que está en el coche se puede reír un rato mientras espera a que la gente cruce.”

En algunos pasos de cebra, había policías que dirigían el tráfico de la gente y los coches. Yo creo que cuando crezca y sea mayor voy a ser policía como los que he visto para poder llevar ese chaleco que brilla tanto y tener un silbato que pite tan bien y tan fuerte. Eso si, yo no voy a ser tan serio como los que había esta mañana mientras paseaba, lo prometo.
En un paso de cebra, mientras esperábamos a que los coches pararan, mamá y yo hemos visto un señor que sudaba mucho y que daba saltitos a nuestro lado para no dejar de correr, llevaba una cinta azul en la frente y unas zapatillas como las que me voy a pedir este año a los Reyes Magos. A mí ahora me cansa mucho hacer deporte, pero cuando crezca más, seguro que gano una medalla de oro como las que dan en las olimpiadas del cole.

Os estoy hablando mucho de los pasos de cebra y no os he contado nada de cómo son por si no habéis paseado por la Castellana como yo. Son sitios por los que la gente cruza cuando los coches se paran, tienen semáforos altísimos con tres luces, una roja, una verde y una naranja que parpadea. A veces, cuando la luz está verde, suenan pitidos, mamá me ha dicho que son para que la gente que no ve, pueda saber sepa cuando tiene que cruzar. Yo hoy no he visto nadie que no vea, y mira que lo he buscado. Casi todos los pasos de cebra que hoy he visto, tenían muchas rayas blancas, aunque algunos, sólo tenían cuadraditos justo donde se paraban los coches. No me han gustado nada porque no podía jugar a no pisar lo negro. En algunos cruces, también había gente que limpiaba los cristales de los coches parados, mamá me ha dicho que es su trabajo, como el de los saltimbanquis.

Había muchos pasos de cebra y muchas cosas distintas en cada uno, había coches y taxis, había motos, gente que reparte periódicos y papelitos a los que pasan, abuelitos que cruzaban muy despacito, gente que corría y había un señor al que se le han caído todos los papeles que llevaba en un maletín como el de papá, cada paso de cebra era diferente. Sólo había una cosa que se repetía justo antes de empezar a cruzar. Mi madre diciéndome “dame la mano para cruzar”.

Y yo mientras tanto aquí sigo contando historias, en mi azotea

El capricho de tocar

¿Has ido alguna vez al parque del Capricho? Si as ido, vuelve después de leer esto, si la respuesta es no, está en Madrid y la línea cinco de metro lega hasta las puertas. Haz como en el caso anterior, acaba de leer esto y acércate. El nombre le viene ni que pintado, es un paraíso para pintores como aquel señor de pelo blanco y pipa que todas las veces que he ido me he encontrado pintando algún rincón fabuloso del parque con acuarelas, con lápices, con pluma o con lo que sea. Ahí se sienta en su silla plegable junto a su material de dibujo y toca el parque con el pincel para pasarlo a un lienzo, un cuaderno o una hija suelta.

No no sé pintar como ese señor, tampoco fumar en pipa, aunque cuando sea mayor fumaré como él, ni se tocar un parque para convertirlo en arte, pero al menos, lo puedo intentar. Puedo empaparme de cada pedazo de este parque sólo con el tacto. Puedo tocar la rugosa piel de cada árbol, los pequeños y los grandes, los que todavía son brotes y los que imponen respeto ya de lejos.

Puedo tocar el agua que corre sin prisa pero sin pausa. Puedo tocar el césped verde que todo lo cubre, salpicado por castañas y hojas que caen de los árboles que ya he tocado. Puedo tocar el aire que todo lo cubre, puedo tocar la felicidad de quien ahí pasea, descansa, mira, escucha, toca, siente y pinta. Puedo tocar el Capricho, puedo tocar Madrid, puedo tocar el mundo.

Y mientras tanto, aquí sigo, con el capricho de saltar de mi azotea

Los sueños que no oyen

Esta noche he tenido un sueño rarísimo. No oía nada. Puedes pensar vale y qué. Vale y qué, vale y qué… a ver si tu no sufrirías como yo esta noche. Por primera vez he agradecido el despertador a las siete en punto de la mañana. No oír no sólo significa ahorrarte la molestia de tener que aguantar el tráfico de cada mañana en Madrid, significa perderse muchas cosas.

A mi lado, en el autobús que cogía en sueños, flotaban conversaciones interesantísimas que no podía escuchar, no había pajarillos en la plaza de Chamberí, no sonaban cascabeles al entrar en la panadería, en el madrileño bar de mi madrileño y sordo sueño no he podido oír la campanilla de las propinas, la próxima vez me la ahorro. Tampoco las campanas de la Milagrosa dando las en punto. Tampoco mi portero me ha dado los buenos días, o por o menos yo no le he oído.

No oía el móvil y he perdido una oferta de trabajo estupenda y la oportunidad de escuchar el tono-politono nuevo que le he puesto antes de irme a dormir. En la Puerta del Sol no se oía bullicio ni gente vendiendo oro, plata y hojalata, ni gente pregonando que el gobierno miente o que alguien le ha robado una idea y se ha hecho rico a su costa. Estos últimos al menos llevaban pancartas para que los sordos nos enteráramos de sus quejas.

En la Castellana no se oía correr el agua de las fuentes, ni a los niños jugando a la vista de sus madres. El viento de Madrid era mudo para mi y yo era sordo para el viento, pero a él le daba igual y seguía corriendo. No oía al afilador, no oía el acordeón desafinado en apariencia de la plaza Mayor, ni al vendedor de cupones que gritaba mudo apoyado en la puerta de un mercado que era silencioso para mi.

No oía nada, no podía oír ni el ansiado Si que espero desde hace más de cien días y que no llega y si ha llegado mientras soñaba no lo he notado y más me hubiera valido haber seguido sin dormir otros cien días más.

Y mientras tanto sigo completamente sordo en mi azotea.

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