Pez

Mi mundo se reduce casi tanto como mi memoria. Todo lo que puedo ver está fuera de mi alcance porque vivo en una pecera que lo único que contiene es agua y a mí, claro. Veo una ventana siempre cerrada con una cortina comprada en Ikea.
Mi mundo se reduce casi tanto como mi memoria. No tengo ni idea porque el que me compro se molestó en ir hasta la tienda, elegirme entre cientos de peces de colores y llevarme a su casa. Y no lo entiendo por la sencilla razón de que sólo me hace caso para tirarme comida en el agua casi sin mirarme. Un tipo raro el que me compró.
Mi mundo se reduce casi tanto como mi memoria. Acaba de llegar una visita. Me ha mirado nada más entrar y ha levantado una ceja como si le sorprendiera verme. Del bolsillo interior del abrigo ha sacado un arma con silenciador. El que me compró dormía frente a la televisión. El hombre de la ceja y el arma ha realizado dos disparos. Uno en la cabeza y otro en el corazón.
Mi mundo se reduce casi tanto como mi memoria. Hay policía en la habitación, el que parece que corta el pescado (gran frase oída de boca de un pez) dice algo así como que soy el único testigo. Lástima que no haya visto nada.
Y mientras tanto, yo aquí sigo como siempre, en mi azotea.

Pólvora mojada

Salgo de casa con un constipado mental que me desata los cordones. Muchas baldosas en mi camino y los semáforos siempre en rojo. Mi objetivo era llegar a los fuegos artificiales que me había imaginado como lo mejor que le puede pasar a mi cuello hoy, harto de mirar hacia abajo.
El paseo era de lo más sencillo salvo aquel encorbatado suizo que por enésima vez le habían robado el pasaporte justo un día que la embajada cerraba la atención al público. Cambio monedas por agradecimientos y a otra cosa, que un perro gigante me sigue con una mirada que me inspira cero confianza.
Veo que los árboles me han abierto paso quedándose junto a la calzada así que corro tanto como puedo con el animal pisándome los talones. Sudores fríos y un empujon mal dado a la pobre señora que carga con las bolsas de la compra de ayer. Tras varias manzanas y un pequeño accidente de tráfico doy esquinazo al perro salvaje. Aunque a toro pasado empiezo a dudar si era aquel coyote que me miró una vez.
Una llamada y deja de llover en mi cabeza. Los nervios me han hecho sudar más que en la carrera de hace un rato. Tranquilízate me digo, sabes que vales para esto.
Pasa un autobús y se me olvida que lo tengo que coger. Siete minutos para el siguiente, tiempo para liar un pitillo, fumármelo y sacar el euro del viaje. Última parada es mi destino así que me bajo y llego hasta unos fuegos artificiales blancos y morados que aunque el packaging sea chulo tienen pinta de no tener ganas de lucir, así que toca hacer caso del proverbio chino que me acabo de inventar mentalmente y seguir sabiendo que no es lo normal.
Por un momento me cruzo con una sonrisa que me gusta casi tanto como la que vi ayer. Paseo, bambas, teléfono y es hora de volver a rehacer las baldosas que pisé. Ojos grandes y ojos tristes que viajan hacia adelante mientras mi cabeza se ha vuelto a resfriar.
Y yo mientras tanto hidratandome los pies, en mi azotea.

Una caja

Hace tiempo que no hago esto. Un tiempo largo. Quique González lo llamaría “disfrutar de la virginidad de una página en blanco”.
Me fui de la azotea sin decir adiós. Forcé la puerta de salida y bajé a ver si había algo que me hacía subir de nuevo, pero la verdad es que tenía pocas ganas de escribir, poco que contar y nada de talento. El talento dudo que algún día esté a la altura de lo que me gusta leer. Las ganas han vuelto y quizá tenga cosas que contar con el tiempo. La inspiración, y alguno por ahí se acordará de como necesito que esté embotellada, llegará pasito a pasito y sin desesperar.
No es la primera vez que hago esto de anunciar que vuelvo, pero me apetece porque me he subido una caja enorme que de momento sólo tiene un punto y dos entradas. La iré llenando.
Y mientras yo aquí vuelvo, pidiendo paciencia, a mi azotea.

III. De camino

“Érase una vez…”
Noche en Madrid. Fiesta. Una de tantas, esta vez celebrábamos la salida de la décima edición. Madrid. Esta vez fue más larga de lo normal.
Once de la noche. Camino a su casa no iba nervioso, ya era normal acudir a este tipo de actos que al principio nos ilusionaban pero que ahora veíamos como un compromiso. Éramos jóvenes y seguramente se nos estaba subiendo a la cabeza el éxito, entonces no nos preocupábamos ni de ahorrar.
Al llegar a su casa estaba en plan estrellita. Se paseaba en vaqueros y sin camiseta, en el sofá una tipa que me sonaba haberla visto en alguna revista mala. Creo que habíamos visto demasiadas películas. Se suponía que yo era el responsable de los dos, así que le puse cara de “¿qué estás haciendo?”.
–Paso de ponerme traje, tío. Que les vayan dando. No creo que me digan nada ¿No?
–No seas flipado que es tu primer libro y has visto demasiadas pelis. Coge tu traje y póntelo que no llegamos a y media.
No duro la discusión ni cinco minutos, a los diez estábamos saliendo. De camino, Marlen, la vecina del ártico con el volumen en veinticuatro es parte de la banda sonora hacia los aplausos y la barra libre, aunque todavía nos quedaban varios capítulos hasta el Rock & Roll que nos devolvió al mundo.
Casi las doce llegamos. La de la publi me miró como si me quisiera quitar varios años de vida pero respondí con mi cara de bueno que siempre me funciona. Él saludaba con desgana como si ya hubiera sido portada de la Rolling.
La fiesta no había hecho más que empezar.

II. Índice

“Los grandes cambios implican un corte de pelo”
Escribía pop pero pensaba rock. Nunca supe quien de los dos dijo esa frase, pero nos ayudaba a ambos para no olvidarnos de lo más importante. Nos conocimos después de dos rupturas sentimentales. Suyas claro, llevábamos mucho tiempo siendo amigos, desde antes de empezar la universidad, pero fue bebiendo unas cervezas con nuestros amigos de siempre, mirando la noche desde un césped cualquiera de Madrid cuando descubrí quien era en realidad, aluciné. Todavía ahora, a veces, me resulta difícil verle como sé que es. Ya amanecía, nos iríamos en cuanto se desentumecieran nuestras piernas. Él empezó la última conversación de la noche, la que nos ha traído hasta aquí.
–Publicaré un libro en algún momento, ¿Quieres representarme?
–Sólo si es bueno.
–Vale, pero a lo mejor no es sólo uno.
–Ya veremos.
Nos despedimos y no hablamos de eso hasta unos meses después. Apareció en mi casa, nervioso, y me dio un taco de hojas que un año más tarde le habían convertido en el “escritor joven con más talento del nuevo siglo”. No lo decía yo, lo escribió el tipo de las recomendaciones literarias de Esquire.
El segundo fue peor. “El crío que quería ser escritor se ha quedado en el casi”. Esto lo escribió otro crítico en una reseña de unas diez líneas. Después de eso no ha habido más. Me dijo que no le salía. Se fue de Madrid un tiempo y escribía historias que me mandaba prácticamente cada mes con orden de que no se me ocurriera presentarlas en la editorial, todavía no era lo que quería. Decía que no era bueno y a veces tenía razón.  Teníamos margen y él los márgenes se los tomaba con calma. Un día de verano volvió y parecía el mismo, pero desde que volvió estuvo casi seis meses sin escribir una sola palabra. Y eso nos lleva hasta hace dos semanas.
Estábamos en su casa fumando y viendo algo en el ordenador, cogió una libreta que guardaba sin abrir. Escribió algo en la primera página y me lo dijo.
–Ahora estoy seguro. Necesito Rock, aunque me la pegue. Dame hasta verano.

I. Un principio o algo así

“Trágicamente imperfecto pero en el fondo bueno.”
Hoy se puso zapatos bonitos, siempre es lo primero en lo que se fija, o eso le dijo. Pero qué más da, lo importante es llegar al final de esto vivo y con una sonrisa que echaba de menos. La reacción había llegado y no iba a dejar que se fuera como llegó. Tarareaba lo que desde el ordenador sonaba y iTunes marcaba diez días y pico de música por delante. Era un buen comienzo. Ahora lo ideal era sacarse de la cabeza las escenas de películas en las que se imaginaba llegado el momento y aprovechar la energía que puede llegar a ofrecer un Actimel en ayunas y una buena serie en el disco duro por la mañana.
La idea era fácil sobre el papel. Conseguir lo que había venido a buscar. Lo malo era tener un ego que se viste en tallas especiales. Lo primero ya lo tenía, la musa había vuelto a carcomerle el cerebro con desorden y eso era bueno. No iba a dejar pasar otro año y medio en un cajón de cartón. A la mierda los escritores famosos, el seguiría perdido en el orden alfabético, eso lo haría más divertido.

A-Team movie trailer

El 11 de junio muchos lloraremos de alegría después de tan larga espera.

Y yo mientras tanto me acomodo en la azotea


El Sello

el sello

Agotamiento neurótico con predisposición a molestar

Gente que ha subido

  • 160,518 digresores

Placas-Homenaje en mi azotea

picotas

mosby

lugarteniente mejorando lo presente

lacasitos

Días en los que aquí sigo…

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