Sombra de un nuevo mundo

Vivía agazapada en su cueva, pegada unas veces a la pared otras al suelo, esperando a que volviera el amo para pegarse a sus pies, para volver a ser lo que era. Sabía que tarde o temprano tendría que regresar por un camino o por otro. Mientras como sombra que era no podía hacer mucho, solo observar ese nuevo mundo que tan poco le gustaba y que en muy poco se parecía al que siempre había conocido.

En la obra de teatro era la sombra la que escapaba del amo hasta un cajón de la cómoda, pero en esta historia era al revés. La sombra dedicaba los días a mirar de refilón las estrellas. A lo lejos, siempre estaba el gran navío que el capitán llevaba con mano firme y segura mientras miraba sonriente a su tripulación. Una de las cosas que le aliviaba cada despertar a la sombra era que a la puerta de la cueva siguiera el árbol pintado de tiza. Era una alegría que a veces se tornaba en agobio por pensar que quizá al día siguiente no estuviera donde siempre había estado.

La sombra necesitaba cada día más al amo, que seguía a las puertas de un reino cerrado para siempre donde los insectos vestían de superhéroes y los golpes eran conocidos pero certeros y dolorosos. La sombra no entendía que aún siguiera allí. Había dolores de tripa, caprichos y días rojos. Para el amo debía ser perfecto un sitio así cuando todavía no se había dado cuenta de que su sombra no estaba. Efectivamente lo era.

Seguía en la cueva frente a la playa de fuegos artificiales constantes que a duras penas podía ya ver. Seguía en la cueva con billetes caducados de un viaje a lo más remoto de la India en un tren que se pierde. Seguía queriendo cruzar el universo y que a nadie le dolieran los ojos. Aunque era sombra recordaba como si fuera ayer el sabor de las ensaladas. Ensaladas para chicas del restaurante de las películas, los libros y el actor de imprvisación.

Las canciones de fondo temblaban en sus ojos de sombra y los sueños de antaño se diluían poco a poco encerrados en una caja naranja. La vida era fría en la cueva. Pasaba gente envidiada, gente que hablaba sin escuchar. En la pared faltaba una camiseta de cartón que había volado como todo. Hacia dentro.

Vivía con miedo por ser todos los días viernes y ningún viernes fin de semana. El domingo estaba muy lejos, tanto que agobiaba tener que esperar hasta ese día al amo. Sabía que no podía ser así. Sabía que se abrirían de nuevo las puertas del reino, que vendría a buscarla, que la cosería a sus   zapatos para siempre y que seguiría escribiendo todo lo que ya sabía antes de que existiera esta historia.

Contar esto a alguien era no contárselo a nadie. Quién iba a creer a una sombra sin rostro y sin peso, pero todo eso daba igual porque lo que era será.

Y mientras tanto, aquí sigo,contando cuentos, en mi azotea.

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