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III. De camino

“Érase una vez…”
Noche en Madrid. Fiesta. Una de tantas, esta vez celebrábamos la salida de la décima edición. Madrid. Esta vez fue más larga de lo normal.
Once de la noche. Camino a su casa no iba nervioso, ya era normal acudir a este tipo de actos que al principio nos ilusionaban pero que ahora veíamos como un compromiso. Éramos jóvenes y seguramente se nos estaba subiendo a la cabeza el éxito, entonces no nos preocupábamos ni de ahorrar.
Al llegar a su casa estaba en plan estrellita. Se paseaba en vaqueros y sin camiseta, en el sofá una tipa que me sonaba haberla visto en alguna revista mala. Creo que habíamos visto demasiadas películas. Se suponía que yo era el responsable de los dos, así que le puse cara de “¿qué estás haciendo?”.
–Paso de ponerme traje, tío. Que les vayan dando. No creo que me digan nada ¿No?
–No seas flipado que es tu primer libro y has visto demasiadas pelis. Coge tu traje y póntelo que no llegamos a y media.
No duro la discusión ni cinco minutos, a los diez estábamos saliendo. De camino, Marlen, la vecina del ártico con el volumen en veinticuatro es parte de la banda sonora hacia los aplausos y la barra libre, aunque todavía nos quedaban varios capítulos hasta el Rock & Roll que nos devolvió al mundo.
Casi las doce llegamos. La de la publi me miró como si me quisiera quitar varios años de vida pero respondí con mi cara de bueno que siempre me funciona. Él saludaba con desgana como si ya hubiera sido portada de la Rolling.
La fiesta no había hecho más que empezar.

II. Índice

“Los grandes cambios implican un corte de pelo”
Escribía pop pero pensaba rock. Nunca supe quien de los dos dijo esa frase, pero nos ayudaba a ambos para no olvidarnos de lo más importante. Nos conocimos después de dos rupturas sentimentales. Suyas claro, llevábamos mucho tiempo siendo amigos, desde antes de empezar la universidad, pero fue bebiendo unas cervezas con nuestros amigos de siempre, mirando la noche desde un césped cualquiera de Madrid cuando descubrí quien era en realidad, aluciné. Todavía ahora, a veces, me resulta difícil verle como sé que es. Ya amanecía, nos iríamos en cuanto se desentumecieran nuestras piernas. Él empezó la última conversación de la noche, la que nos ha traído hasta aquí.
–Publicaré un libro en algún momento, ¿Quieres representarme?
–Sólo si es bueno.
–Vale, pero a lo mejor no es sólo uno.
–Ya veremos.
Nos despedimos y no hablamos de eso hasta unos meses después. Apareció en mi casa, nervioso, y me dio un taco de hojas que un año más tarde le habían convertido en el “escritor joven con más talento del nuevo siglo”. No lo decía yo, lo escribió el tipo de las recomendaciones literarias de Esquire.
El segundo fue peor. “El crío que quería ser escritor se ha quedado en el casi”. Esto lo escribió otro crítico en una reseña de unas diez líneas. Después de eso no ha habido más. Me dijo que no le salía. Se fue de Madrid un tiempo y escribía historias que me mandaba prácticamente cada mes con orden de que no se me ocurriera presentarlas en la editorial, todavía no era lo que quería. Decía que no era bueno y a veces tenía razón.  Teníamos margen y él los márgenes se los tomaba con calma. Un día de verano volvió y parecía el mismo, pero desde que volvió estuvo casi seis meses sin escribir una sola palabra. Y eso nos lleva hasta hace dos semanas.
Estábamos en su casa fumando y viendo algo en el ordenador, cogió una libreta que guardaba sin abrir. Escribió algo en la primera página y me lo dijo.
–Ahora estoy seguro. Necesito Rock, aunque me la pegue. Dame hasta verano.

I. Un principio o algo así

“Trágicamente imperfecto pero en el fondo bueno.”
Hoy se puso zapatos bonitos, siempre es lo primero en lo que se fija, o eso le dijo. Pero qué más da, lo importante es llegar al final de esto vivo y con una sonrisa que echaba de menos. La reacción había llegado y no iba a dejar que se fuera como llegó. Tarareaba lo que desde el ordenador sonaba y iTunes marcaba diez días y pico de música por delante. Era un buen comienzo. Ahora lo ideal era sacarse de la cabeza las escenas de películas en las que se imaginaba llegado el momento y aprovechar la energía que puede llegar a ofrecer un Actimel en ayunas y una buena serie en el disco duro por la mañana.
La idea era fácil sobre el papel. Conseguir lo que había venido a buscar. Lo malo era tener un ego que se viste en tallas especiales. Lo primero ya lo tenía, la musa había vuelto a carcomerle el cerebro con desorden y eso era bueno. No iba a dejar pasar otro año y medio en un cajón de cartón. A la mierda los escritores famosos, el seguiría perdido en el orden alfabético, eso lo haría más divertido.


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