Archivo para 30 abril 2007

Una historia de violencia

Hoy he visto una película. No me ha parecido tan buena como me la habían pintado. Dice el director que todo el mundo tiene más de un episodio de violencia a lo largo de su vida. Creo que cuando llegue el mio, no tendré más. Estaré ahí abajo en porciones. Por cierto, William Hurt, sale cinco minutos y está de Oscar

Y mientras tanto yo aquí sigo, en mi azotea

Es único, es House

Cada día es mejor este tío, y lo demuestra con escenas como esta:

y ahora, para relajar el ambiente, sus mejores frases:

Y mientras tanto, aquí sigo, en mi azotea

Llegar

Los pitidos inconstantes del electrocardiograma eran el único sonido perceptible en la habitación 478 del Hospital Universitario. La abuela Nieves se moría poco a poco sin que nadie pudiera hacer nada para impedirlo. Sus cinco hijos ya no sabían que hacer en la habitación, nadie era capaz de decir nada, solo esperaban. Las enfermeras entraban y salían cada poco respetando el silencio que reinaba en la habitación. Mientras todas las caras estaban desfiguradas por el llanto y la tristeza, la abuela Nieves parecía sonreír desde la cama de inmaculadas sábana blancas.

Tras casi dos horas de espera, los incómodos pitidos, se convirtieron en uno solo agudo y terrible. Los médicos se afanaban en una reanimación improbable mientras asomaban nuevamente y con más fuerza las lágrimas en los ojos de Blanca, Alfonso, Álvaro, Lucía y Araceli. En pocos minutos el silencio volvió a la habitación sólo roto por llantos y suspiros ahogados. Mientras los hijos de la abuela Nieves seguían sin reaccionar, ella buscaba las llaves de casa en su gran bolso marrón.

Hacía un día magnífico, la brisa movía las hojas de los árboles del jardín. Cuando por fin abrió la puerta, fue hasta el salón. Sus padres y sus suegros charlaban animadamente en una esquina. Su marido Mariano, leía el periódico, como siempre, en el gastado sillón de orejas, mientras sus nietos correteaban y jugaban a su alrededor. Su hermana llegaba desde la cocina con canapés y bebidas para todos mientras su otro hermano despejaba la mesa para que cupiera todo. Todos eran felices, incluso sus hijos los que minutos antes lloraban alrededor de la cama en la que había muerto.

Este cuento también lo escribí en noviembre del pasado año.

Mientras tanto, aquí sigo, en mi azotea.

La sorpresa

Una pequeña peli de Javier Fesser para pensar un poquito:

Y mientras tanto, aquí sigo, en mi azotea.

Por separado por favor

Me he animado con esta nueva sección de “Pequeños placeres…”, y como en este momento no me apetece saltar, creo que seguiré con mis digresiones al menos un día más y para celebrarlo será con otro placer de la vida que llevaba por ahí abajo.

Los paquetes de regalo. No los regalos en sí, ni la preparación que lleva un regalo, que puede estar muy pensado y muy currado o haberlo elegido cinco minutos antes de dárselo a quien se lo merezca. Tampoco es la cara que se nos queda a todos cuando nos dan un regalo sin esperárnoslo. A mi personalmente, desde que estoy aquí arriba no es que reciba muchos regalos, es más creo que no he recibido ninguno ni tiene pinta de que vaya a recibirlos…

A lo que iba. Los paquetes de regalo. Eso es más que un arte, es increíble lo que una persona que sabe envolver hasta el paquete más complicado y que encima pone todo su cariño en cada cosa que envuelve puede llegar a lograr con un papel bonito, un rollo de celo y unas tijeras. Yo, no sería capaz.

Os extrañará esto que cuento, pero antes de subir cuarenta y siete plantas de un edificio dispuesto a saltar en cuanto se me acabaran las digresiones, yo también era persona, no diré que era una persona normal, pero persona era, o al menos eso me decían.

Bueno el caso es que, cuando estaba ahí abajo, un día pase por una tienda, compré y como quería regalarlo, fui al mostrador en el que había una chica envolviendo, le di el objeto en cuestión y al final, allí me quede todo el santo día mirando como envolvía cuidadosamente cada cosa que la llevaban. Me hubiera quedado más tiempo, pero se fue cuando cerraron, una pena.

Al día siguiente volví, y al otro y al otro. No podía dejar de mirar sus manos envolviendo. En la tienda ya se empezaban a mosquear de que estuviera allí todo el día mirando, así que lo que hice fue ponerme a trabajar en la tienda. Pero claro tuve que dejar el trabajo, uno no puede estar en lo alto de una azotea a punto de suicidarse y trabajando a la vez. Eso sí, me di cuenta del placer que son los paquetes de regalo bien hechos.

Y mientras tanto, aquí sigo, en mi azotea.

todo un arte

Metro de Madrid, vuela

Llego tarde. Definitivamente muy tarde. Necesito estar en mi puesto de trabajo a las nueve y el Metro no llega. Por fin, ya era hora. No puede ser, va hasta arriba, a ver si consigo entrar, ya está, embutido humano mañanero. ¡Que asco! El tío que tengo al lado huele a fritanga. No hay quien lo aguante, ¿Es qué no conoce lo que es el desodorante? Con tanto anuncio de cuidados corporales, supongo yo que alguno habrá visto. Parece que no. Me asfixio. Menos mal, una estación, aire. Se va vaciando algo esto. Un sitio libre, voy a sentarme, ya estoy a punto. ¡¡Nooo!! Me ha empujado, una señora gorda impregnada en pote me ha empujado para sentarse ella, ¿es qué nadie lo ha visto? Eso es penalti y expulsión. Encima me sonríe, será…

Llegamos a Sol. Atención, estación en curva, correspondencia con líneas 2 y 3.  El vagón se libera, pero no consigo respirar con normalidad, siento como si nunca fuera a llegar. Por fin consigo un sitio. Entra alguien a mendigar. Es mejor pedir que robar… Le doy unos céntimos, lo que me queda. Espera para bajarse, masculla algo ininteligible. Llega Atocha, siento que me muero y encima llego tarde. Enfrente se sientan una pareja de felices enamorados, se abrazan, se miran, se miman, se sonríen. Él dice algo, ella cambia el gesto. Has metido la pata hasta el fondo muchacho. Guantazo va, guantazo viene. Se bajan en Pacífico.

Quedan cuatro estaciones y mi corazón ya late con dificultad, mi respiración no lleva el ritmo de siempre. Un niño y su madre se sientan a mi lado. El niño cuenta su taco de cromos como si le fuera la vida en ello, su madre lleva en la mano derecha los utensilios del niño. El abrigo, el paraguas de Mickey Mouse, la tartera, el balón de fútbol y la mochila carrito con dos toneladas y media en libro y material escolar. Asombroso. En la izquierda, la galleta que el niño no se ha tomado en el desayuno. No parece que vaya a comérsela. Dos estaciones y me muero poco a poco. Queda una y la gente me obvia. Se muere alguien a su lado y como el que oye llover. Ya llegamos, unos pocos metros y ya estoy. El tren para entre estaciones y yo sigo con mi lento y penoso camino hacia la muerte. Próxima estación Buenos Aires, ¿Irónico, no? Me intento levantar, no puedo. Me estoy muriendo, me muero, me morí.

Un cuento que rescribí en noviembre del año pasado

Y mientras tanto aquí sigo, en mi azotea

Pequeño placer

Kafka y la muñeca viajera

Un pedazo de libro (cuento) para pasar un rato bonito, intenso y agadable.

Y mientras tanto aquí sigo, en mi azotea


El Sello

el sello

Agotamiento neurótico con predisposición a molestar

Gente que ha subido

  • 161,230 digresores

Placas-Homenaje en mi azotea

picotas

mosby

lugarteniente mejorando lo presente

lacasitos

Días en los que aquí sigo…

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